Relato. Un día de caza

El pequeño Genepkio nunca se había parado a pensar en cuanta velocidad podía llegar a alcanzar un elefante, lo cual resultaba extraño, tratándose del hijo de un cazador furtivo. Sin embarga, aquella mañana no tuvo más remedio que preguntárselo.

Aquel día, Genepkio, su padre y un pequeño grupo de cazadores, habían salido temprano, en busca de una manada de elefantes. A Kumboyo Kobango no le gustaba llevar a su hijo a aquellas cacerías pero sabía la ilusión que le hacían y era una de las pocas veces en las que podían pasar tiempo junto como padre e hijo.
Era temprano y  se dirigían hacía un lago donde recientemente se había asentado una manada de elefantes. El lugar se encontraba a unos 50 km de su aldea. Pese a las ropas ligeras que llevaban, y aunque todavía estaba amaneciendo  el calor ya era insoportable.

-       -    ¿Recuerdas todas las instrucciones que di, Genekpio?- preguntó Kumboyo Kobango, mirando fijamente a su hijo.

Iban en la parte trasera, con un fuerte bamboleo, Al volante iba Marindo, casi un hermano para Kumboyo Kobango. Ambos tenían  una relación muy estrecha y más en los últimos tiempos, pero a Genekpio nunca le había gustado Marindo.

-          - Si, Papa- respondió cansinamente- Ya me los has repetido tres veces y ayer otras tres. Y eso sin contar todas las otras salidas
-          - Y te lo  repetiré todas las veces que haga falta ¿Queda claro?- dijo Kumboyo Kobango endureciendo el tono de su voz- y si te veo que no lo cumples no volverás a ninguna cacería con nosotros.

Genepkio asintió aburrido.

-         -  No es broma Genepkio. Es la primera vez que salimos desde que tu madre se marchó y lo último que me faltaría sería perderte a ti también.- dijo Kumboyo Kobango nuevamente, sin embargo esta vez no le sostuvo la mirada, sino que miro hacia otro lado para que su hijo no vislumbrará la tristeza en sus ojos.

Al ver a su padre tan serio Genepkio decidió comportarse o su padre podría enfadarse de verdad. Quería mucho a su padre, más incluso desde que había perdido a su madre a causa de una terrible infección. Solo le quedaba su padre, y pese a que para él era una especie de héroe, le aterraba verle enfadado. Para relajar un poco el ambiente y complacerle decidió repetir todas las instrucciones que tantas veces le había enseñado.

-          -  Vamos a ver… lo primero ser muy sigiloso, nada de hablar en cuanto divisemos a los animales, la única comunicación tiene que ser mediante la mirada y mediante gestos.- durante un momento se quedo pensativo, mirando hacia arriba, intentado recordar- A ¡sí!,  nada de disparar el arma, sólo si me viera atacado. Y sobre todo sí en un momento dado me dices que vuelva al todoterreno, me tendría que ir al momento sin rechistar- esta última instrucción la repitió con fastidio.

Su padre asintió.

-          - Veo que te has quedado con lo más importante- dijo Kumboyo Kobango, sonriendo de nuevo.

Genepkio asintió aliviado, había evitado que su padre se enfadara más.

-      -    Le tienes bien enseñado Kumby- oyeron decir a Marindo desde la parte delantera.
-     -      Tu a lo tuyo, “Marinda”.- contesto Kumboyo Kobango entre las risas de los demás cazadores.

Marindo soltó una risotada que se destacó sobre las demás, pero Genepkio puso cara de fastidió. Marindo siempre se las apañaba para meterse en las conversaciones con su padre.
Genekpio, abrió la boca para replicar, pero en el último instante decidió guardar silencio. No quería importunar a su padre en un momento tan delicado ya que lo último que esté necesitaba en ese momento eran distracciones absurdas.

Continuaron el trayecto el silencio.  Genekpio, pensando en lo que se iban a encontrar. Las anteriores veces que había salido con su padre, habían vuelto con las manos vacías, pero el sospechaba que era todo cosa de su padre, para no ponerle en peligro. Eso le molestaba muchísimo por eso esta vez ansiaba de veras llegar a la aldea con unos buenos colmillos relucientes. Por un momento se sintió fatal, a su corazón de niño le entristecía arrebatar algo tan hermoso como el marfil, a costa de pagar el precio de la muerte de un animal inocente.

Marindo interrumpió nuevamente sus pensamientos:

-         -  Nos estamos acercando, puedo oírlos. Será mejor que los chicos vaya de avanzadilla, no vaya a ser que nos  llevemos una sorpresa.

Kumboya Kobando estuvo de acuerdo.

-       -    Chicos, ya le  habéis oído.

Sin tan siquiera contestar  bajaron rápidamente de la parte trasera.

A los diez minutos ya estaban de vuelta.

-          - Señor, hemos divisado un grupo de machos al otro lado de los arbustos más altos.
-        -   ¿Algún rastro de la matriarca?
-         -  No, señor
-         -  ¿Qué opinas Marindo?
-       -  Me resulta extraño que no haya una hembra cerca… -contesto Marindo pensativo. pero no sabemos cuándo tendremos otra oportunidad como esta, quizás deberíamos intentarlo.

Kumboya  Kobando asintió, aunque no sin ciertas dudas en su cabeza.

-        -   De acuerdo entonces, vamos allá.

Se apresuraron a bajar, dejando las llaves en la furgoneta. Anduvieron un trecho, siguiendo la rutina de siempre, tres rastreadores a la cabeza, unos metros más atrás Kumboya Kobando  con Genekpio  a su lado, y por  último Marindo y dos muchachos más a la cola.

Los tres rastreadores se agazaparon entre los arbustos. Con una simple mirada indicaron al resto que podían unirse.

Kumboya, sonrió fríamente, controlando su entusiasmo. Ahí estaba, por fin le tenía a tiro. Llevaba años detrás de ese macho. Jamás se había vuelto a topar con un ejemplar así. Sus piernas eran como columnas  y su piel daba la sensación  de será tan gruesa que ni un arpón lograría traspasarla. Ahora sus colmillos doblaban su longitud  desde la última vez que se habían visto cara a cara y ahora por fin iba a tener su ansiado premio.

No supo explicarlo pero necesitaba fervientemente que Genekpio se marchara. Quizás no quería que su hijo viera su lado más salvaje y primitivo. Esté a su vez estaba como hipnotizado mirando aquella masa gris. No, su hijo no estaba todavía preparado para conocer la muerte de manera tan gratuita. Solo por el placer de aquellas gotas blancas que tantas riquezas prometían.  Le comunico con la mirada que volviera al todoterreno, y  como era de esperar Genekpio movió testarudamente la cabeza.  Uno de los de los muchachos lo entendió todo a la perfección al contemplar la escena entre padre e hijo,  y se llevó  inmediatamente de allí al chico. Se aseguró antes de taparle la  boca con la mano.

Una se vez que se aseguró que su hijo se hubo marchado, intento concentrarse en su presa.

-         -  Bien, por fin nos encontramos…- no pudo terminar la frase, cuando escuchó un fuerte barritar.

El espanto le nublo la vista.  Había  estado tan centrado en su objetivo que no vio a la matriarca salir precipitadamente de entre los  arbustos  laterales del lago.  La enorme hembra ni siquiera había reparado en los cazadores hasta que salió rápidamente en busca su pequeño que iba decidido a darse un chapuzón en el lago.  Rápidamente todos los cazadores intentaron dar en el blanco pero iba tan rápido, que les fue  imposible parar a esa mole de  gris.  

El pequeño curioso se olvido del lago al ver a los cazadores y se dirigió directamente a Kimboyo Kobando. Todos gritaron que diera media vuelta pero se había quedado paralizado. El pequeño se asusto y freno en seco pero su mama ya los había divisado y fue directa hacía ellos en concreto hacía Kumboyo Kubando, el más cercano a su cría. Cuando reaccionaron, la hembra ya había había tumbado  y pisoteado a Kumboyo Kobango.

 En el momento exacto en el que Genkpio  se zafaba del brazo de su captor vio con terror como la hembra se marchaba después de haber derribado a su padre.
-           - Papaaaa!!

Intento correr hacía el, pero nuevamente le cogieron, esta vez, Marindo, arrastrándole prácticamente hacía el todoterreno.

-          - Sueltame, no podemos dejarle ahí!!
-          - Ahora no. Ya no podemos hacer nada por él- le dijo mientras tiraba de el.
-         - No, no!
-          -Luego volveré por el te lo prometo
-         - ¡No me interesan tus promesas!, tenemos que llevárnoslo ahora.
-        -   Ahora no


No recibió más respuestas. Ni siquiera intentó forcejear más. Eso no le devolvería a su padre. Subió a la furgoneta y rompió a llorar, primero despacio, después de manera histérica. Solamente paro durante unos instantes para preguntarse por  primera y última  vez en su vida, cuanta velocidad podía llegar a alcanzar un elefante…

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